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Por las calles de Mèxico en el dìa de la candelaria. Autor: Maru Buelna

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Aquella mañana fría en las calles de México parecían de lo más normal para la gente originaria de ahí. Era primero de febrero, había varios puestos en el centro para vestir al niño Dios. Los trajes que vendían eran variados, todos ellos tenían diferentes nombres, hasta del cruz azul pude encontrar. Claro que no estoy de acuerdo con esto, se me hace una falta de respeto vestir al niño Jesús de esta forma tan imprudente al igual que ponerle cabello, músculos y todas aquellas rarezas que los citadinos del sur inventan. En el norte del país no se estila esta tradición del día de la candelaria, pero en el D.F. es todo un negocio, porque la gente católica tiene sus tradiciones muy arraigadas para este tipo de cuestiones. No se a que lugar me metí precisamente, pero no se podía ni caminar del tumulto de personas que había esperando encontrar el traje preciso para ponerle. Ahí mismo; venden niños y los arreglan, si se encuentran rotos o despintados no hay problema porque todos tienen compostura. Parecía un hospital de niños Dios, algo así como los improvisados en Haití. Y no es por el hecho de burlarme de esa tragedia, sino de reflexionar en que ojala se vendieran piernas o brazos para reparar esos cuerpos que desafortunadamente fueron mutilados. Unos celebran y otros viven su desgracia… ¡Cuánto mas no hemos de ver!, aun así seguimos insensibles ante el dolor humano haciendo mufa de eso. Y es cuando uno se pregunta: ¿Dónde esta Dios? O ¿Por qué Dios se ensaña con los que mas sufren?. Preguntas sin resolver, hasta que el tiempo viene a darnos la respuesta. Recargada en una pierna, luego en otra, esperando que me entregaran al niño Jesús, viendo pasar a una y mil personas por ese pasillo, como mas de cuatro veces paso un señor vendiendo escurridores, mientras me empezaba a desesperar por tanto tumulto… Una señora del puesto me presto su banco, al fin pude descansar, mis pies no aguantaban un minuto mas porque la espera aun era larga, no lo terminaban de pintar y mi cuñada estaba molesta porque los reparadores no estaban haciendo bien el trabajo. A pesar del frío, me moría de calor; pero me divertía viendo pasar a los miles de personajes que pasaban tan rápido que parecía que iban en una carrera o en un maratón, empujándose unas a otras, como un señor le pego un codazo a una señora por contestar su celular y como esta casi le da un karatazo estilo karate kid. La imprudencia no entra en la cabeza de muchos porque siendo un lugar muy poco espacioso, aun se creen dueños del mundo. Y quien seria ¿su esposa?, probablemente, para decirle que si porque se estaba tardando si solo iba a vestir al niño. Al fin de tanto esperar y caer casi encima de una señora del puesto continuo, terminaron de no muy bien pintar al niño. De ahí nos fuimos a buscar el traje adecuado para el. No pensé en unos trajes en forma de vestido; siempre pensé vestirlo de bebe porque eso es lo que representa Jesús: un recién nacido. Al salir de los puestos para dirigirnos al centro, pude sentir el frío en toda su intensidad. ¡Cuando extraño el calor de Obregón!, aunque para estas fechas también el clima es helado. La gente seguía pasando con sus niños en los brazos, algunos ya muy elegantemente vestidos, otros los llevaban a arreglar o a vestir, Unas personas los llevaban en canastillas, otras envueltos en cobijas. El mío como es pequeño lo metí en mi bolsa, porque con dos diablillos uno sujeto a cada mano, era imposible llevarlo de otra forma: corría el riesgo de que se me cayera, se rompiera y ¿volver de nuevo a repararlo? Estaba de dudarse… Al llegar a la casa de mi cuñada, pusimos a los niños en una mesa donde se encontraban recostados los niños de mi otra cuñada y de los abuelos. Al siguiente día abría que llevarlos a bendecir en una celebración especial que hace la Iglesia en el día de la candelaria, el dos de febrero.

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