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LA COBIJA Autor: Maru Buelna

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LA COBIJA
Ahí estaba, justo en el aparador de la tienda con un gran anuncio que decía: 50% de descuento. Lucía acogedora, calientita. Los diversos colores pastel añadían cierta ternura al igual que sus dibujos. No dudé ni un segundo en enamorarme de ella, le pedí a mi padre que me la comprara pero se negó a hacerlo comentando que en verano no había necesidad de una cobija.
Vivíamos en una zona muy caliente, estábamos en el mes de agosto y pasábamos la mayor parte del tiempo frente al ventilador; aún así sudábamos.
Es en esta época donde los niños no salían a jugar a la calle y para entretenernos a mis hermanos y a mí; mis padres nos compraban libros de colorear y varios rompecabezas.
No me gustaba armarlos, era demasiado impaciente, por eso prefería colorear y ver la televisión.
La ilusión de la cobija se me pasó por un tiempo, luego lo consideré absurdo por tanto calor que sentía. Cuando nos acostábamos solamente nos tapábamos con sabanas frescas o bien; a veces dormíamos destapados.
Los días de lluvia eran de lo más divertido, es cuando los niños de la cuadra salían a “bañarse” bajo el agua. A la orilla de la cera se formaba un caminito, semejante a la de un pequeño río, en ese caminábamos mientras pateábamos los charcos que se formaban o bien, poníamos barquitos de papel que íbamos siguiendo hasta ver a donde llegaban.
Como el agua inundaba la calle; nos teníamos que quitar los zapatos y subirnos los pantalones hasta las rodillas para poder atravesarla. Los niños mayores improvisaban sus pequeñas lanchitas inflando cámaras de llantas, después dejaban que los jalara la corriente. Los pequeños añorábamos ser un poco mayores para vivir esa experiencia extrema pero mientras crecíamos buscábamos los chorros de agua que caían de las casas y nos mojábamos la cabeza. No parábamos de reír…
Lo más hermoso era cuando la lluvia se iba y como salía el arcoíris en todo su esplendor cuando el sol volvía a salir secando en su totalidad las calles de la ciudad.

El verano terminó, por las noches ya empezaba a sentirse en aire fresco, ahora si iba a necesitar una cobija y fue cuando la volví a recordar. ¡si tuviera esa cobija suavecita!. Pero no la volví a pedir porque tal vez, ya ni siquiera se encontraba en la tienda, tenía que cerciorarme primero que ahí estuviera…
Así que me puse en alerta, esperando que mi papá o mi mamá fueran al centro de la ciudad para ver si la veía de nuevo. A la semana ya estaba en la tienda pero la cobija ya no estaba en el aparador, eso me desanimo. Aun así entré y le pregunté al encargado que si ya no tenían cobijas como la que habían puesto en descuento hace algunos meses. El señor de la tienda me dijo que ya se habían acabado. Salí desanimada pero mis padres no se dieron cuenta; ellos platicaban de temas que ya ni recuerdo.
Cuando volvimos a la casa fui a mi recamara y destendi mi cama, ahí estaba mi vieja cobija, desgastada por el tiempo… tome un oso de peluche buscando consuelo sabiendo que me tendría que conformar con esa cobija que tenia mas años que yo.
Llegó la fecha de mi cumpleaños, tenía la ilusión de que me regalaran esa cobija. Fui abriendo cada una de las cajas desesperadamente buscando entre todas ellas lo que más anhelaba pero solamente había: calzones, calcetas, una barbie y diademas… Sonreí con una sonrisa falsa aparentando que me habían gustado los obsequios mientras mi madre encendía las velas del pastel.
Cuando me tocó pedir mi deseo por supuesto que pedí tener esa cobija pero… ¿cuánto tiempo tiene que pasar para que se concedan los deseos?. Subí de inmediato a mi habitación y en mi cama seguía esa vieja cobija llena de hoyos que me hacia rabiar.
No creo que haya tenido un capricho por aferrarme a algo, es como si me hubiera enamorado; como un amor a primera vista pero mis padres no consideraban primordial la ropa de cama.
A la mañana siguiente le di a mi mamá mi cobija para ver si me la podía lavar fingiendo que estaba muy apestosa, pensaba que viéndola llena de agujeros se iba a compadecer de mí e iba a procurar comprarme una cobija decente.
La lavo como si nada, cuando se secó me la dio para que la pusiera en mi cama y muy enojada le dije:
_¿No viste que esta cobija está llena de hoyos?.
Mi madre sonrió como si le estuviera contando un chiste y expresó:
_Si, está un poco viejita pero aun sirve.
_¿Viejita?, ¡está más que viejita!, comenté con ironía.
Mi madre solamente se volteo y se retiró de la habitación.
No entendía cómo es que no podía tener una cobija decente, así que decidí a entrar a trabajar en un supermercado empacando bolsas.
Ya había visto una cobija que me agradaba, no tanto como aquella hermosa cobija que había visto en descuento pero que bien podía cubrir mis necesidades.
Pasó un mes… con todo lo que me dieron de propina pude juntar el dinero suficiente para comprarme una cobija, le pedí a mi padre que me llevara al centro y fui a la tienda haber si de casualidad tenían aquella cobija que tanto deseaba. No había en existencia así que me compré otra.
Al salir de la tienda caminamos dos calles más adelante y de pronto vi que ahí tenían aquella cobija. Me quise morir, ya había gastado mi dinero y si iba a devolverla no me iban a querer regresar mi dinero. Empecé a llorar mientras mi padre trataba de tranquilizarme.
Cuando llegamos a casa lo primero que hice fue ir a mi cama, agarrar la vieja cobija y tirarla en la basura. Esa noche no voy a negar que dormí calientita, porque aunque aquella no era la cobija de mis sueños… era muy abrigadora.
Tenía que ir a la escuela, el despertador no dejaba de sonar pero no quería levantarme, estaba demasiado cómoda. Mi madre tuvo que ir a mi habitación y jalarme la cobija para que me levantara.
Desganada me arreglé, desayuné y caminé hacia mi escuela cuando de repente… ahí estaba: un anciano que llevaba unos guantes sucios, un saco con varios agujeros y… mi cobija vieja.
Muy intrigada me acerqué para preguntarle que si de donde había sacado esa cobija. El muy contento dijo que afortunadamente alguien la había tirado a la basura porque gracias a eso, ahora podía cubrirse del frio.
Se me salió decirle:
_Pero… esa cobija tiene muchos agujeros.
El anciano volvió a sonreír mientras añadía:
_Este saco también tiene muchos agujeros pero me cubren del frio.
¿Eres de las personas que creen que lo viejo no sirve?. No te preocupes, muchos lo piensan, por eso hace mucho que empecé a vivir en la calle. Ya nadie me daba trabajo porque decían que estaba viejo.
Cuando el anciano dijo eso se me hizo un nudo en la garganta, pensé en que me había convertido en muy superficial al pelear tanto por una cobija nueva. Mi mente viajó al futuro y me imaginé mi vida de viejita. ¡No!, no quería terminar como ese hombre.
_¿Y su familia?. ¿No tiene a nadie?, me atreví a preguntarle.
_No, cuando eres viejo muchos te consideran un estorbo, la familia y los amigos te dan la espalda. Nadie quiere a los viejos.
Saque de mi mochila en luch que mi madre me había preparado y se lo di. Me senté un rato a su lado, permanecía en silencio mientras el devoraba el emparedado.
Cuando terminó de comer le pregunté:
_¿A que se dedicaba antes de quedarse sin empleo?.
El hombre volvió a sonreír, luego me contestó:
_Era actor.
No podía creer lo que me decía, pensaba que me estaba mintiendo. Como me tenía que ir a la escuela me despedí de inmediato esperando volverlo a ver.
Me dijo que siempre en las mañanas estaba caminando por ese parque y que se llamaba Antonio Velázquez. Que si quería verlo le preguntara al señor de los periódicos por él.
Quedé intrigada así que en cuando regresé a casa busque en internet ese nombre y comprobé que lo que había dicho era verdad. Había hecho muchas películas y obras de teatro… ¿cómo terminó en la calle?.
A la mañana siguiente me fui temprano a la escuela, quería encontrarme de nuevo con ese hombre. Lo vi tapado con la vieja cobija que tiré, estaba acostado encima de una banca.
Cuando me vio dijo: _Hace mucho tiempo que no dormía tan calientito, gracias a la persona que tiró esta cobija pude pasar una buena noche.
Desde ese momento, ya no veo las cosas como objetos que ya no sirven, sino como objetos útiles y mientras sirvan… nada es viejo.

 

 

 

 

 

 

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