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El corsario de Lor Byron

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   «Del negro abismo de la mar profunda
  sobre las pardas ondas turbulentas,
  son nuestros pensamientos como él, grandes;
  es nuestro corazón libre, cual ellas.
  Do blanda brisa halagadora expire,
  do gruesas olas espumando inquietas
  su furor quiebren en inmóvil roca,
  hed nuestro hogar y nuestro imperio. En esa
  no medida extensión, de playa a playa,
  todo se humilla a nuestra roja enseña.
  Lo mismo que en la lucha en el reposo
  agitada y feliz nuestra existencia,
  hoy en el riesgo, en el festín mañana,
  brinda a nuestra ansiedad delicias nuevas.
  ¿Quién describir pudiera nuestros goces?
  ¡Oh!, no eres tú, que la molicie enerva,
  siervo de los deleites, que temblaras
  de las montañas de olas en la incierta,
  móvil cumbre; ni tú, noble orgulloso,
  del hastío sumido en la indolencia,
  a quien ya el sueño bienhechor no halaga,
  a quien ya los placeres no deleitan.
  Sólo el infatigable peregrino
  de esos caminos líquidos sin huellas,
  cuyo audaz corazón, templado al riesgo,
  al sordo rebramar de la tormenta
  palpitando arrogante, hasta la fiebre
  del delirio frenético en sus venas
  sintiese hervir la sangre enardecida,
  nuestros rudos placeres comprendiera.
  Do el cobarde ve el riesgo, él ve la gloria,
  y sólo por luchar la lucha anhela
  el pirata feliz, rey de los mares.
  Cuando ya el débil desmayado tiembla,
  se conmueve él, apenas... se conmueve
  al sentir que en su pecho se despierta
  osada la esperanza, que atrevida
  su corazón para el peligro templa.
  ¿Qué es a nosotros la temida muerte
  como el rival odioso también muera?
  ¡Qué es la muerte! La muerte es el reposo...
  cobarde, eterno, aborrecible... ¡Sea!
  Serenos aguardémosla. Apuremos
  la vida de la vida, y después venga
  fiebre traidora o descubierto acero
  implacable a romper su débil hebra.
  Cobardes otros, de vejez avaros,
  revuélquense en el lecho que envenena
  dolencia inmunda, y el impuro ambiente
  con flaco pecho aspiren y fallezcan
  luchando con la muerte... ¡Oh, no a nosotros
  fúnebre lecho de agonía lenta;
  ¡césped fresco es mejor...! Y mientras su alma
  sollozo tras sollozo tarda quiebra
  los nudos de la vida, de un impulso
  sus ligaduras rompe y se liberta
  osado nuestro espíritu. Sus restos
  del blanco mármol de su tumba estrecha,
  grabado por el mismo que su muerte
  hipócrita anhelaba, se envanezcan:
  Cuando sepulte el mar nuestro cadáver
  le bastará una lágrima sincera,
  ¡una lágrima sola! Henchido el vaso
  del alegre festín en la ancha mesa
  honra de nuestros bravos la memoria.
  Corto epitafio su valor celebra
  cuando en el día augusto del peligro,
  al repartir el vencedor la presa,
  recuerdo de dolor su frente anubla
  y con voz ronca que insegura tiembla:
  «¡Cuán felices, exclama, nuestra dicha
  los valientes que han muerto compartieran!»
     Así grito salvaje en sordo acento
  repite el eco en las cortadas peñas
  del islote escarpado del Corsario,
  do del vivac se apagan las hogueras;
  y en alegre cantar sus agrias notas
  de los piratas al oído suenan.
  En pintorescos grupos esparcidos
  de fresca playa en la dorada arena,
  aguzan unos sus puñales; otros
  alegres ríen, bulliciosos juegan,
  o sus fieles alfanjes desnudando
  indiferentes, sin afán, contemplan
  la sangre que los mancha. Precavidos
  otros, con mano previsora pliegan
  las anchas velas del bajel osado,
  o el negro flanco recomponen; mientras
  pensativos algunos por la orilla,
  de las olas al son, lentos pasean.
  A quien aguija de inquietud oculta
  el afán incesante, allá en las quiebras
  de las ásperas rocas, lazos tiende
  a las marinas aves, o al sol seca
  la red humedecida; y en la mancha
  que del mar en los límites blanquea,
  con los ojos de la ávida esperanza
  del incauto bajel mira las velas.
  De cien noches de horror y de combate
  los lances con placer todos recuerdan.
  Y de luchar ansiosos se preguntan:
  «¿En dónde buscaremos nuevas presas?»
  ¿Dónde? ¿Qué les importa? Ya lo sabe,
  y basta, el capitán. Fiel obediencia
  es su único deber: saben que nunca
  les faltará el botín, y más no anhelan.
  ¿Y quién es ese capitán? Su nombre
  pronuncian en voz baja y lo respetan
  cuantos habitan las hermosas playas
  que aquellas olas complacidas besan:
  y más no saben, ni saber más quieren
  Les basta un gesto, una mirada. Apenas
  oyen su voz. De sus banquetes rudos
  no anima el regocijo su presencia.
  Mas ¿cómo ante la gloria de sus triunfos
  acusar sus desdenes? Jamás llenan
  para él la roja copa: indiferente
  la mira y a sus labios no la acerca;
  y es su sobrio manjar, que desdeñara
  el más grosero de su banda, y fue
  a ermitaño frugal ración escasa,
  secas raíces de silvestres yerbas,
  rústico pan y los jugosos frutos
  que brinda el árbol en sus ramas tiernas.
  El impuro placer de los sentidos
  desdeñoso su espíritu desprecia,
  ¿Será que su energía no domada
  de esa abstinencia misma se alimenta?
  «Pronto a la mar.»-Y el mar surcan sus naves.
  «A aquella playa el rumbo.»-Y allá vuelan.
  «¡Sus!, ¡a las armas!»-¡Y el botín es suyo!
  Así a su voz, que imperativa ordena,
  sigue la acción; y todos obedecen,
  Y su oculta intención nadie penetra.
  Si suena escrutadora una palabra,
  una mirada de desprecio muestra
  de su temida indignación un rayo:
  no sabe dar su orgullo otra respuesta.
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