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Cuento gotico: Anònimo

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CUENTO GÓTICO

(Este cuento está basado en una leyenda escocesa)


¡Juro por la eterna salvación de mi alma que lo que voy a contaros, generosos caballeros, es bien cierto, tan cierto como que ahora estoy aquí, en la taberna del viejo Angus en vuestra amable compañía y bebiendo a la salud de todos esta jarra de excelente cerveza negra!

Sucedió ya hace muchos años, cuando yo era joven y debido a ello más que audaz temerario y un mucho terco, con todo lo dicho vengo a describiros una condición bastante ingobernable y merecedora de correctivos que en la juventud nunca suelen ser apreciados en su valía.

A lo que iba, yo era un muchacho para quien la caza entonces constituía su única obsesión y en un mozo hijo de granjeros esto no estaba muy bien visto por cuanto que la caza era distracción y derecho de la aristocracia. Por éstas razones que no otras, como se llegó maliciosamente a afirmar, abandoné yo un día mi pueblo y emigré a las Tierras de los Pantanos en donde la caza abundaba, las gentes iban a sus asuntos y nadie te importunaba con preguntas necias ni imposiciones de un feudalismo anticuado. Cierto que en las Tierras de los Pantanos había nobleza pues sus heredades continuaban, pero eso, según se decía y pronto pude comprobar, no era causa de quebrantos para sus taciturnos habitantes. Y digo bien taciturnos, caballeros, porque nunca en mi vida, y mucho he vivido y bastante he trotado por ahí a mi aire, he llegado a conocer a gente tan melancólica como aquella. Triste, seria, apagada, mirando siempre por encima del hombro y no sonriendo jamás. Aunque sus razones tenían, claro está, y razones lúgubres, por eso el ensimismamiento y la desconfianza. En un principio creí que se trataba del clima, brumoso siempre, pero que favorecía el desarrollo de los bosques y la hierba de los pastos, aunque luego me di cuenta de que no era eso especialmente lo que había robado la alegría del rostro de los lugareños, sino las tenebrosas leyendas que corrían por las Tierras de los Pantanos, leyendas que hablaban de toda clase de brownies, de trasgos, y en particular, una de ellas, de cierto monstruo, que de tanto en tanto hacía su espeluznante aparición por la pantanosa zona oeste, que era la que daba su nombre a esas tierras. El monstruo, parecido al diablo, decían, se mostraba con regularidad, aunque no en una fecha precisa ni bajo la influencia de la luna llena, allá donde menos se le esperaba, casi siempre al atardecer o de noche, por los campos o el bosque y resultaba tan horrible la impresión que producía que, o bien mataba del susto o volvía loco a quien tenía la desdicha de encontrarlo en su camino. Así venía sucediendo desde hacía generaciones y nadie podía acabar con tal historia.

Yo era joven, ya lo he dicho antes, y estúpido. Me dije que buen trofeo sería cazar al monstruo, exhibirlo y hacerme famoso y rico con tal hazaña. Tal vez había encontrado mi fortuna yendo a las Tierras de los Pantanos. Dicho y hecho, al día siguiente de mi llegada me embosqué concienzudamente y pudiendo comprobar como la caza abundaba, la desprecié ensorbecido a la espera de mejor pieza. Huelga decir que mi empresa resultó infructuosa en aquel acecho y los de tardes sucesivas, hasta que un día en mis correrías se me hizo de noche muy lejos de la aldea; mal lo hubiera pasado entre la niebla y el frío, amén de la poco recomendable oscuridad, de no vislumbrar cercano el castillo del condado, castillo en el cual sólo moraban los sirvientes ya que su amo había optado, con muy buen tino, en irse a vivir a Italia dejando atrás las nieblas escocesas y sus estremecedoras leyendas.

Me acerqué hasta las puertas de la mansión, y enseguida, con gran alivio por mi parte, me fue franqueada la entrada por un criado al que acompañaba un anciano mayordomo.

Para no alargar la historia, caballeros, os diré que fui recibido hospitalariamente y que luego de serme ofrecida cena, se me condujo a un pequeño cobertizo que se levantaba a pocos pasos del patio que daba a las cocinas. Me entregaron unas mantas y una vela de sebo y me aconsejaron que procurase dormir "sin hacer caso a cuantos rumores el viento pudiera traerme". Me sorprendió a medias el consejo porque precisamente la noche, tranquila, no presagiaba mal tiempo, pero pensé, ellos sabrían como las gastaba el clima en sus tierras. Hallándome bastante fatigado pronto caí en un profundo sueño del que, empero, fui despertado al cabo por lo que se me antojó, aun somnoliento, una especie de lamento desgarrador. Me incorporé sobre el catre, con sobresalto, agucé el oído en busca de alguna explicación al hecho y nada pudo darme respuesta satisfactoria. Sonreía ya para mi capote diciéndome que la imaginación me había jugado una mala pasada, cuando la sangre se heló en mis venas al percibir, muy cercano al cobertizo algo parecido a un resuello inhumano y escalofriante acompañado de unos pasos torpes pertenecientes a alguna bestia de gran alzada y, o bien escasa de agilidad, o zafiamente cautelosa, lo que no podía concordar con una alimaña, ya que los animales, peligrosos o inofensivos, suelen caracterizarse por una gran suavidad de movimientos que les permite pasar inadvertidos. Bueno, a lo que iba. Oí el jadeo, o lo que fuera, de la bestia y un rumor mucho más ominoso de que su presencia se aproximaba. Temblando de miedo salté de la cama, me había acostado vestido, y a tientas casi, agarré la escopeta.

Escuché entonces como los gruñidos, jadeos y resuellos, pasaban de largo de la puerta y se alejaban entre crujir de grava y tropezones. Intimidado casi no me atrevía a respirar, cuando de pronto comprendí de lo que podía tratarse, fue una corazonada y nunca en mi vida creo que he estado más seguro de algo... Vuelvo a repetir que era joven y estúpido, con que abrí la puerta con sigilo, bien amartillada la escopeta, y a la incierta claridad de una luna ya en su ocaso, vislumbré la silueta horrenda de un ser monstruoso, hirsuto, que caminaba erecto sobre unas patas acabadas en pezuñas... ¡Por todos los santos del Cielo, aquella cosa mostraba un perfil inconfundible que remataban dos afilados cuernos!... Sin pensarlo un par de veces, aunque aterrorizado, me eché el arma a la cara y disparé, la bestia rugió de dolor, o de espanto, aún no estoy muy seguro, mas no cayó al suelo como hubiera sido de esperar, ni tan siquiera revolvióse en contra mía, sino que exhalando una serie de alaridos que erizaban los cabellos, desapareció patio adelante en dirección a la espesura de los bosques que pertenecían al castillo.

El sonido del disparo, los gritos del monstruo y mi propia conducta, pues creo que grité desaforadamente, atrajeron, como era de suponer, el interés de los sirvientes de la mansión, y a poco se encendían las luces en sus ventanas y en menos tiempo del que empleo en contarlo, ya estaban en el patio, con las ropas de dormir y el sobresalto reflejado en sus ademanes, mayordomo y algunos criados.

-¡En nombre de Dios -me increpó el mayordomo con voz temblorosa-, ¿a quién habéis disparado?!

-¡Al diablo -grité muy alterado-, he disparado contra el diablo!... Pero ha huido...

-¿Le habéis herido?

Contemplé aturdido al viejo mayordomo, ¿que le puede importar a nadie que el diablo salga mal parado, que huya o que se hunda en los abismos insondables de donde nunca debió de surgir?

-Creo que sí, porque aullaba de dolor, pero no por eso ha dejado de correr hacia el bosque... Si hay reguero de sangre podéis rastrearle... Aunque esas criaturas infernales no sangran lo mismo que nosotros...

El mayordomo, agitadísimo, impartió ordenes y los criados salieron corriendo en pos de la demoníaca bestia para mi total confusión.

-Venid conmigo -me rogó después el anciano con manifiesta pesadumbre-, venid conmigo, tengo que explicaros algo...

A estas alturas de lo acaecido, yo me encontraba, como podéis suponer, completamente confuso, ya que no entendía el anómalo comportamiento de aquel hombre y mucho menos el de la obediente servidumbre. Que yo supiera, y sepa, nadie va detrás del diablo para restañar sus heridas.

De nuevo frente al hogar de la cocina, cuyas brasas se reavivaron, y con un par de vasos de buen whisky en las manos, para templar los nervios y recobrar el aliento, el mayordomo dio principio a su asombroso relato:

-Habéis de saber que estas tierras de Mac Namara, en el año 1400, tuvieron por señor a un conde tan malvado y blasfemo que no dudó en invitar a jugar a las cartas con él, ni más ni menos que al propio Diablo... Era una noche de tormenta y se aburría, entonces no se le ocurrió nada mejor que invocar al Maligno retándole a jugar con él una partida... Y el Diablo se avino a ello y le ganó y como el precio fuera si ganaba el conde, una bolsa de oro que nunca se agotase, y si perdía, la entrega de su alma inmortal en pago, al perder, el Diablo reclamó suya la prenda. Pero el conde, que era muy astuto, le rogó que le permitiese dejar en orden sus asuntos y que al día siguiente lo fuera a buscar "allá donde se encontrase" y que entonces se iría con el diablo "si éste quería llevárselo". Aceptó el vencedor, y a las 12 de la noche siguiente, hora que en la que expiraba el plazo concedido, fue a buscar al conde, quien, ladinamente, se encontraba en esos momentos rezando dentro de la capilla... Naturalmente el Diablo no pudo llevárselo, pero, al sentirse estafado, montó en cólera y exclamó que puesto que le había burlado le condenaba a que cuando tuviera hijos, él y toda su descendencia, en cada generación uno de ellos, siempre varón, al cumplir los 15 años, se transformase en espantoso diablo, así, por los siglos de los siglos hasta que la familia se extinguiera... Un diablo, por otra parte, que no iba a hacer daño a nadie, aunque, monstruosa criatura, inspiraría pavor a quien le viera de improviso si vagaba por los campos, y, para redondear el castigo, sólo la condición humana le sería arrebatada dejándole intacto el espíritu y el juicio, con objeto de que mayor fuera su sufrimiento...

Muy impresionado apenas si pude murmurar:

-Entonces, el señor del castillo, ¿es...?

-No, el señor del castillo es su padre, no tuvo más que ese hijo, ya que la madre murió al darle a luz... Es de dominio público que el conde hace años que vive en Italia...

Sí, ya os podéis santiguar, caballeros, ya os podéis santiguar... Y no temáis, puedo juraros que yo no maté a aquel pobre diablo, nunca mejor dicho, de eso se encargaría su prisión o el abandono al que le tenía sometido el conde... Supongo que, desde entonces no he vuelto, transcurridos tantos años, la leyenda del monstruo que vaga por los caminos, ya no será más que eso, un recuerdo en las Tierras de los Pantanos. 
  
 

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