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Diàlogo de la llorona Autor: Maru Buelna

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¿Quién soy? Me llaman: “La llorona”. Sí, puede sonar muy despectivo, usan ese apodo para burlarse de mí. Si supieran todo lo que he sufrido y en la larga condena en la que he estado sometida por décadas… No es fácil perder a un hijo y menos de la manera en como los he perdido yo. ¿Se imaginan ese primer momento en que supe que llegarían?. Estaba emocionada, cada movimiento que sentía dentro de mi ser me estremecía. Al verlos reír y jugar o decirme: mamá, ¡era lo mejor del mundo!. El haberlos perdido me ha quitado la felicidad, y mi mundo sólo se encierra en este largo camino de oscuridad…
Mi vestido se balancea al ritmo que se mece mi cabello. Mi mirada está cansada, mi cuerpo permanece frío, quien me mira se asusta como si fuera un espectro del mal. Pero sólo estoy buscando a mis hijos y no los encuentro, nadie me dice en donde están y eso me angustia demasiado.
_”La llorona”, corran… grita un sujeto que me ve pasar en esa noche fría de noviembre. Todos salen despavoridos como si yo fuera el mismo demonio.
¡Miren!, ahí, en esa casa; hay dos niños que se parecen a los míos. Me acercaré para ver si son ellos. No, no eran y de la impresión su corazón se les paralizó. Me siento culpable de su muerte, bueno, es que en realidad todos me culpan de eso: de que cada vez que me acerco a un niño es para llevármelo, pero no es así… yo sólo quiero recuperar a mis hijos.
Me encierro en este cuarto oscuro para ocultar mi pena, quisiera dejar de llorar y estar en paz pero no puedo; es muy cruda la soledad…
Recuerdo mi vida: siempre de tragedias hasta que conocí el amor. Un amor que desapareció con el paso de los años y que me dejó sola con mis hijos. No, es mejor no recordar más porque sólo me hago daño.
Oye, ¿tú sabes?, ¿tú sabes dónde están mis hijos?. ¿Tú lo sabes?. ¡Devuélvemelos!, ¡Devuélvemelos ya!. No los escondas, sé que tú los tienes. Ahhhh, no descansaré hasta que los regreses a mi lado, ¿entendiste?. ¿O quieres que juegue contigo?, ¿que te quite lo que más quieres en la vida?. No huyas, no trates de ocultarte que en donde estés te observo; veo más allá de las tinieblas, más allá de la vida y de la muerte porque… ¡soy la muerte!.
Maldigo ese día en que no estaba en casa, en que las llamas hicieron su aparición esa noche acabando con la vida de los seres que más amaba en el mundo. Recuerdo esos gritos de angustia y mi desesperación por no haber podido hacer nada para salvarlos. ¡Qué culpable me siento!. Hubiera dado todo por haber sido yo la que estuviera esa noche en casa pero la obligación de traer un poco de dinero hizo que ahora me esté lamentando.
¡Qué dolor!, ¿alguien sabe donde están mis hijos?. Sé que sus cenizas quedaron esparcidas por todas partes, ese noche hacía un fuerte viento, un viento que en lugar de apagar el fuego lo avivaba.
Probablemente tus pisadas se lleven a mis pequeños a puntos más lejanos, por eso los busco desesperadamente por todas partes. Hoy estoy aquí y mañana podrás escuchar mi llanto a través de tu ventana.

 

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