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LA FAMILIA MORALES DE TECORIPA: Gilberto Escobosa Gamez

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En los primeros días del mes de julio de 1910, tuvo lugar un suceso que conmovió profundamente a los habitantes de una amplia zona de nuestro Estado, y que adquirió perfiles de misterio tocando lo sobrenatural. Empero, pronto se olvidaron porque cuatro meses después estalló lo que hoy llamamos la Revolución Mexicana que costaría al país un millón de muertos y el éxodo de cientos de miles de personas. Fueron muchos los males que se abatieron sobre nuestra patria que hicieron que cada quien se preocupase por sí mismo y sus familias, pasando a segundo término todo lo que no fuese el temor de perder la vida, los bienes y la libertad en aquel maremágnum de pasiones desbordadas.

 

 

          Los habitantes de Tónichi, San Javier, Tecoripa, San José de Pimas, Minas Prietas y La Colorada, en esas fechas tenían motivos muy grandes para no sólo estar preocupados, sino alarmados. Además de que el candidato de oposición don Francisco I. Madero, prometía aires de renovación política para echar por tierra las viejas estructuras del Porfiriato, sus partidarios gritaban a voz en cuello que tomarían las armas si el presidente Díaz se empecinaba una ves más en pisotear la democracia.

         Sin embargo, en Tecoripa vivía una familia que no pensaba en las cuestiones políticas del momento, ni tenía tiempo para preocuparse de las tropelías de los yaquis. Razones muy poderosas obligábanla a centrar su intranquilidad dentro de ella misma: Juanito, el mayor de los hijos, de trece años de edad, desde el año anterior comenzó a padecer ataques epilépticos que día a día empeoraban, al grado de que don José María Morales y doña Mercedes, los padres, optaron por ubicar su residencia en Minas Prietas con la idea de encontrarse más cerca de Hermosillo, ciudad que no obstante ser pequeña contaba con varios médicos de prestigio.

         Para la familia Morales significaría muchos perjuicios el traslado de su hogar, en virtud de que en el pueblo que habrían de abandonar tenían establecida una próspera tienda de ropa y comestibles. Y aunque sus planes de avecindarse en otro lugar eran para llevarse a cabo hasta dentro de ocho meses, un día don José María ordenó a su mujer que alistase todo para dentro de cinco días trasladarse al lugar donde vivirían en lo futuro.

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          En la fecha dispuesta los Morales cargaron todos sus muebles en dos carros grandes de dos troncos de mulas, y en un carro ligero de dos caballos subieron ellos, sus tres hijos y José Loreto, el mozo, partiendo a las cuatro de la mañana. Por instrucciones del comandante del Cuerpo de Rurales, cinco hombres bien armados les irían custodiando.

         En ese año las lluvias en el Distrito de Hermosillo fueron tempraneras e intensas, por lo que el padre de familia sabía que la marcha no podría ser rápida, y así fue. Tan sólo habían caminado cincuenta minutos cuando se dieron cuenta de que las avenidas de los arroyos les hacían más penosa la marcha; y a las cuatro horas, durante un escampe, hicieron un alto en el camino para dejar beber a las bestias y darles un poco de forraje. En ese lapso doña Mercedes preparó un opíparo desayuno en un bracero hecho con una lata vacía de petróleo, que comieron su marido, sus hijos, el mozo y los soldados.

         La señora de Morales llevaba tortillas de harina hechas a mano, envueltas en tela de manta húmeda, carne seca y chorizo; alimentos éstos que soportaban los calores del desierto y de la tierra sonorense.

         A las diez de la mañana emprendieron nuevamente la marcha y poco antes de mediodía llegaron a San José de Pimas, una aldea en aquel tiempo habitada en su mayoría por indígenas pacíficos, laboriosos y hospitalarios. Don José María, a instancias del Comisario del lugar, decidió pasar allí la tarde y la noche porque, además de que se preveía un temporal, el niño necesitaba descanso.

         El señor Morales y sus acompañantes empezaron a armar una carpa; pero el viento y la lluvia les impidió hacerlo. Entonces el jefe de la autoridad municipal les invitó a que ocupasen tres cuartos de la comisaría, que con gusto aceptaron.

         Todavía al día siguiente de la llegada de la familia, el arroyo San José, que pasa por un lado de la aldea, corría y a ratos amenazaba con salirse de madre. Aún mucho después de estos acontecimientos, los habitantes de aquella comarca, en forma pintoresca hablaban de "los días del diluvio chiquito que nos cayó".

         Las cuarenta y ocho horas que hubieron de permanecer don José y sus acompañantes en San José de Pimas, fueron para el padre y la madre como una terrible pesadilla: Juanito tuvo momentos en que parecía tocar las fronteras de la muerte. Y el padre, temeroso de que su hijo no llegase con vida a Minas Prietas, nuevamente siguió el viaje; pero en esta ocasión dando prisa al convoy, calculando que llegarían a su destino en tres horas y media, o sea a la una de la tarde. Ese día no pudieron madrugar porque fue necesario hacer unas reparaciones a uno de los vehículos.

         A pesar de que el carro ligero podía acelerar la marcha y llegar primero que los carros pesados, los soldados sugirieron que todos fuesen al mismo paso y el carrito en centro del convoy, para proteger mejor a la familia en el caso de un asalto de los indígenas depredadores.

         A las doce y media de ese mediodía todo iba bien; había dejado de llover y un ligero nublado hacía que los rayos del sol, inclementes en esos días del año, fuesen más soportables, pero... Repentinamente se escucharon varios disparos y uno de los guardias cae abatido. Y como si hubiesen estado de acuerdo, los conductores de los carros buscaron refugio en los arroyos y se prepararon a vender caras sus vidas. Don José María, viendo que no le sería posible huir con los suyos, fustigó a las bestias y en una forma rápida hizo alto en un recodo del camino que estaba protegido por dos pequeños terraplenes. Sólo la pericia del conductor evitó que el vehículo se volcase. Y después de tan aparatosa llegada a aquel lugar, José Loreto, el mozo pápago, se apeó rápidamente del carro, con una carabina en la mano preparado para defender hasta con su vida a sus patrones.

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         Seguramente que los asaltantes. Quienes eran unos jóvenes yaquis inexpertos, habían planeado mal el asalto y las cosas no estaban resultando como ellos esperaban. Los disparos de los defensores se escuchaban desde distintos lugares y por ello se colegía que los indígenas, sin darse cuenta cómo, quedaron copados.

         Mientras José Loreto atisba por un lado, el señor Morales lo hace por el otro, procurando no disparar si no es muy necesario, ya que los asaltantes, teniendo que defenderse de los asaltados, les han olvidado por el momento.

         Los cuatro sobrevivientes de los Rurales se veía a las claras que eran hombres valientes y con experiencia en ese tipo de combate, porque ya había por tierra tres enemigos muertos.

         Es increíble  sería difícil explicar la forma en que un hombre de bien actúa cuando ve el peligro de muerte para sus hijos y su mujer. El acaudalado comerciante nunca se había considerado una persona valiente; jamás había tenido una disputa; siempre en todos los actos de su vida había obrado con serenidad y con espíritu de justicia que le había hecho respetable y estimado. Pero en ese instante todo era diferente y, aunque nunca pensó que sería capaz de matar a un ser humano, hoy dispararía sobre el forajido que se pusiese delante de su mira. Tampoco le importaba perder la vida si con ello salvaba a los suyos.

         En esas cavilaciones estaba don José cuando se acercó por ahí el caballo, espantado por los disparos, del soldado caído. Entonces sin medir el peligro salió al campo descubierto y trajo hasta el refugio el animal tomado por las riendas. Luego ordenó a José Loreto que en la cabalgadura fuese a Minas Prietas a avisar a la Comandancia Militar lo que ahí estaba sucediendo. Al principio el mozo pápago se negaba a dejarles solos y solamente accedió a ir porque su patrón le convenció de que esa era la única forma de salvar a la familia.

         Los minutos transcurrieron lentamente y se convirtieron en dos largas horas, mortales para el espíritu que desespera. El padre de la familia llegó a creer que José Loreto fue alcanzado por las balas que le dispararon los yaquis, "y si así es", pensó, "al llegar la noche estaremos perdidos". Pero en ningún momento el hombre perdió el valor.

         Así estaban las cosas al momento de escuchar que su mujer sollozaba. Se acercó y vio que su hijo ya no respiraba; estaba muerto. Le cubrió el rostro y el cuerpo con una sábana, y se dijo a sí mismo: "Ahora debo salvar a los que quedan", mas ni una lágrima brotó de sus enrojecidos ojos. Mientras ella musitaba una oración, él fue a atisbar hacia donde se escuchaban disparos de ambos bandos... Fue ese el instante en que la señora vio horrorizada, que uno de los asaltantes desde un montículo apuntaba con un rifle sobre la espalda de su marido. Quiso gritar pero de su garganta no salió voz alguna. Tampoco pudo ponerse de pie para interponerse en la trayectoria de la bala. Y para aumentar la tensión de la mujer, los dos niños, de cinco y siete años, que hasta ese momento habían permanecido acurrucados y envueltos en cobijas, aterrorizados, salieron llorando histéricamente buscando la protección de su padre.

         En el paroxismo de la angustia, en el momento que la señora esperaba ver a su marido y a sus hijos caer muertos, se oyó un disparo dentro del refugio, y el yaqui que estaba a punto de asesinar caía muerto y rodando vino a quedar a los pies de Juanito. Enseguida se escucharon ruidos de cabalgaduras y voces de mando: Era el comandante del Cuerpo de Rurales, don Luis Medina Barrón, que llegaba con sus hombres. Y en unos cuantos minutos no había yaqui con vida.

         Esa noche la señora de Morales hubo de ser atendida por los médicos norteamericanos de la Cía. Minera; pues se temía que perdiera la razón. Ella aseguraba que fue su hijo muerto el que disparó contra el yaqui que estaba a punto de asesinar a su familia. Y por su parte don José María, manifestó que al recoger el cadáver del niño que había cubierto con una sábana, le encontró en otro lugar, en distinta posición y son una carabina a su lado.

         Sólo los médicos opinaron que tal vez la señora, en aquellos momentos dramáticos, perdió momentáneamente la razón y disparó, olvidándose después.

¡Quién sabe! Ese hecho parece una novela de misterio que escribió la realidad.

 

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Comentarios LA FAMILIA MORALES DE TECORIPA: Gilberto Escobosa Gamez

quisiera qe me pudieras resumir esta un poquito yo me la llebo en tecoripa y no me la savia esta historia le preguntare al cuate de tecoripa
Daniel Platt Daniel Platt 12/11/2009 a las 02:37
ES UNA HISTORIA CONMOVEDORA Y TRISTE, PERO AHORITA A ESTAS ALTURAS EN TECORIPA YA NO HAY PERSONAS QUE NOS PUEDAN DAR INFORMACION DE ESOS TIEMPOS.
ma.aurora puebla cer ma.aurora puebla cer 20/04/2012 a las 02:46
Ese señor era tío de mi papá
Joel Mendez Joel Mendez 09/04/2016 a las 21:59

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