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UNAS HORAS ANTES DE MI MUERTE. Maru Buelna

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¡Quién lo iba a decir...!, ahora soy un ser inerte que se tiene que comunicar a través de señales. ¿Dónde quedé, porque me fui desvaneciendo de esa forma?.

Ahora mis hijos me ponen pañales, me dan de comer como si fuera un bebé. Yo era un hombre fuerte, era quien llevaba el control. Si mis hijas me saludaban tenía que ser dándome un beso en la mano, como si fuera el mismo papa. ¿Quién diablos me creí, el omnipotente?.

Creí resolver todo con esas juntas familiares, jamás le dije a alguien lo que sentía y mucho menos lloré aún con mi padre en un ataúd. ¡Cuántos hablaron de mi frialdad! y hoy postrado en esta cama, haciendome cada vez más flaco, queriendo llorar... ¿por qué Dios me tiene así? ¿acaso le debo algo?. Ha de ser mi penitencia por esos días que viví entre el orgullo y la soberbía.

Deseo que me abracen; hija no te lo puedo decir pero: ¡te quiero!. Ya te veo cansada y triste por tener que vestirme, cambiarme, darme de comer en la boca, tener que darme medicamentos... es cansado, lo sé. Desearía que no hubieras vivido este feo episodio que no entiendo ni como llegó.

Estaba en el pueblo, desayunando como de costumbre, platicando con tu madre y con tu hermano cuando sentí que mi cuerpo no respondía. Y ese ¡maldito infarto en el cerebro! fue lo que me puso así.

Van y vienen de la casa al hospital, del hospital a la casa. Yo ya me quiero ir, estoy cansado. Veo a veces a mi madre a un lado de mi, ya quiere llevarme pero ustedes me retienen.

Sé que no quieren mi partida, y tú Obdulia... morirás sin mi, tengo miedo dejarte sola eres tan dependiente de mi que no se como separarme porque te veo llorar a escondidas. ¡Oh mujer!, gracias por tolerarme por más de 50 años, porque cumpliste tu promesa de estar conmigo "hasta que la muerte nos separe". Mi Obdulia, te has ganado el cielo por tolerar a este hombre tan difícil.

Hijos, quiero irme ya, déjenme partir. Ha venido la muerte en dos ocasiones y ustedes la espantan con sus gritos de angustia.

Otra vez en el hospital; no me atienden, ya moje de nuevo el pañal y me siento incómodo. Sólo me tienen en una silla, no me puedo sostener, pero no les importa. Siempre ha sido así... escuché que decían que tenía 90 años, no, no señores, lo que pasa es que esta enfermedad me ha acabado.

Si ustedes me hubieran conocido antes, no era hombre de lástima, era un hombre firme. ¿Por qué Dios, por que?, prefiero morir que sufrir esta vida de tormento, ya no quiero que mis hijos me vean así, no quería quedar comoese mal recuerdo.

 

 

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