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EL LIBRO MÁGICO Autor: Maru Buelna

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EL LIBRO MÁGICO
En lo más recóndito del bosque vivían una docena de duendes traviesos, ellos escondían dentro de un baúl un misterioso libro que les fue heredado de su bisabuelo. Estos duendecillo desconocían su contenido; ya que estaba escrito en una lengua extraña que ninguno había podido descifrar.
Para poder sobrevivir ellos volaban a la ciudad en un animal fantástico; una especie entre dragón, unicornio y chupacabras. Por día visitaban 12 casas y cada uno llevaba su despensa con todas las cosas que les gustaba comer.
Eran muy cuidadosos para que ningún humano los descubriera, les tenían miedo, pensaban que eran como extraterrestres que podían hacer experimentos con ellos si los llegaban a agarrar.
Mateo era el más pequeño de los duendes, le gustaba mucho el dulce pero sobre todo… los chocolates. Así que olfateaba la casa exacta que contara con estas golosinas para poder llevárselas al bosque.
Los duendes tenían que ser muy rápidos; solamente contaban con la noche para poder agarrar todos sus alimentos, sí, antes de que despertara el dueño de la casa en donde se encontraban porque podían correr peligro.
Habían pasado años sin ningún problema, ellos ya estaban confiados en su forma de trabajo que era la más segura para todos. Ese fue el peor error que cometieron los duendes, ¡jamás te debes de confiar!.
Esa fría noche Mateo dejó de caer una caja de galletas, ya iba de salida cuando se percató de ello así que decidió regresarse. Luciano al ver que ya estaba amaneciendo se lo impidió pero el pequeño no lo obedeció y fue hacia donde estaba la caja.
Y de pronto entrando hacia la cocina venía una persona. Mateo se escondió lo más rápido que pudo junto con su compañero Luciano. Este estaba muy enojado porque el duende menor no le había hecho caso, por tal motivo estaban en grandes problemas. Los demás duendes se irían y ellos se quedarían ahí, en la inmensa ciudad sin tener como regresar de vuelta al bosque.
Los duendecillos estaban espantados al ver una figura inmensa parada frente al refrigerador. Sus cabellos rubios lucían desgreñados, vestía con una gran bata blanca totalmente percudida por el tiempo, llevaba unas chanclas que dejaban ver sus enormes dedos pintados de color violeta mientras emitían unos ruidos extraños semejantes a un violento animal mientras estiraba sus brazos y su cuerpo al ruido del ¡Ummm! ¡ahhhh!.
Mateo abrazó a Luciano suplicándole que no lo dejara porque ese ser del espacio le daba mucho miedo. El duende mayor aunque también sentía temor trató de mostrarse más en calma, lo importante era salir de ese lugar totalmente a salvo.
_¡Ya vengan a desayunar!. Grito con voz galluda el ser del espacio.
De pronto llegaron corriendo tres niños listos para sentarse a la mesa y degustar su desayuno.
Los duendes estaban aun más temerosos, ahora había más extraterrestres en casa aunque de menor tamaño.
Mateo empezaba a temblar y eso resultó perjudicial para los duendecillos ya que al estar escondidos dentro de una azucarera esta cayó y se rompió en pedazos dejándolos al descubierto.
Mía la hija menor fue quien de inmediato vio a los duendes pensando que eran juguetes que le había dejado su papá. Así que rápidamente los tomo antes de que sus hermanos mayores los vieran y se los llevó hacia su habitación para escondernos dentro de una caja musical que tenía a una pequeña bailarina.
La madre mientras tanto estaba extrañada por la caída de la azucarera pero como tenía prisa no le prestó tanta atención.
De pronto sonó el claxon del transporte escolar, los niños tomaron rápidamente su lunch y se despidieron de su madre.
Esos momentos eran eternos para los duendes que se encontraban encerrados, buscaban la forma de cómo salir de ahí pero… Luciano vio a la pequeña bailarina y se enamoro perdidamente de ella, un amor: a primera vista.
Mateo trato de hacerlo volver a la realidad.
_Luciano, tenemos que salir de aquí. ¿Qué no ves que a esta duendecilla también la tenían secuestrada y al parecer… ya está muerta?.
_¿Muerta?. Luciano sacude a la bailarina y comprueba que esta inerte, no hablaba, no respiraba, su corazón estaba totalmente apagado.
Eso empezó a preocupar a los duendes, tenían que buscar la forma de librarse del peligro pero las horas pasaban y no conseguían ningún avance.
A Mateo le inquietaba mucho estar al lado de una muerta y Luciano no dejaba de verla con tristeza.
De pronto se escucho el ruido de la puerta que se abrió y los pasos de alguien que se acercaba a la caja. Era Mía quien ya había regresado a su casa, inquieta por jugar con sus nuevos juguetes.
Cuando la pequeña abrio la caja, los duendes se escondieron detrás de la bailarina al momento que dijeron:
_Por favor, no nos hagas nada.
Mía los observó extrañada pero luego sonrió mientras agarraba un duende en cada mano:
_¡Mi papá me compró unos duendes parlantes!. No se los prestaré a mis hermanos.
Luciano se indignó:
_¿Duendes parlantes?.
Luciano era el más parlanchín de los duendes por eso se lo tomó demasiado personal.
Mateo volvió a suplicar:
_No queremos morir como esa duendecilla que tenías en esta caja. Prometemos no volver a tomar la comida que dejan y mucho menos… las galletas.
Mía se quedó intrigada, no entendía a que se referían esos duendes así que trato de poner las cosas en claro.
_Mmmm esa que señalan no es “una duende”, es una bailarina y esta es una caja musical; cuando le doy cuerda ella se mueve como si estuviera bailando y es de plástico. Mía les mostró a los duendes como lo hacía.
Luciano la miro maravillado:
_¡Es hermosa!.
_Sí, contestó Mía. Me encanta verla en las noches cuando me voy a dormir. _Bueno, hablaban de comida y galletas, eso no lo entiendo.
Los duendes le confesaron a la niña que tomaban comida por las noches, que para llegar a la ciudad viajaban en “volabil” un ave que les pertenecía y que sus demás compañeros los olvidaron cuando ellos se regresaron por una caja de galletas que se les cayó. Confesaron que les tenían miedo a los humanos porque hacían experimentos con ellos.
_¿Experimentos?. No, nunca hemos hecho experimentos con los duendes. Es que no somos extraterrestres.
_Pero en la mañana vimos a uno, llevaba una bata larga y tenía unos extraños dedos… expresó Luciano.
Mía se empezó a reír mientras les confesaba que esa era su mamá y que lucían así cuando se despertaba por las mañanas.
Los duendes se miraron uno al otro sintiéndose más tranquilos por lo que les había dicho la niña. Y ya entrados en confianza le pidieron los ayudara a regresar a casa.
La niña les explicó que eso no lo podía hacer, que no podía andar sola por el bosque ya que era muy peligroso y podía perderse. Que tenía que decirle a su mamá para que le ayudara y que lo creía imposible porque no iba a creer en duendes que hablan.
_Pero… tal vez… ¿hay alguna forma de comunicarse con los demás duendes?. O sea… ¿cuentan con algún medio de comunicación?.
_¿Medio de comunicación?. No tenemos idea de que nos hablas. Contestó Luciano.
_Sí, miren: Nosotros tenemos celular, computadoras…
_¡Yo me llevé uno de esos!, gritó entusiasmado Mateo señalando el celular.
_¿Te llevaste uno de esos?. Lo miró extrañado Luciano.
_Sí, respondió Mateo. Me gustaron los soniditos que hacía por eso me lo llevé.
_Bueno pero… eso no los ayudará en nada, dijo Mía. Porque para poder comunicarse a ese celular tiene que saber su número y supongo que no lo saben. Bien, no se preocupen, ya se me ocurrirá algo, mientras tanto, no salgan de mi habitación tengo un perro llamado Lucas y si los ve… puede comérselos. Los dejaré viendo las caricaturas para que no se aburran, yo iré a comer y les traeré algo para que coman también ustedes.
_¿Comida?, si, ya tenemos hambre. ¿Si puedes me traes unas galletas de esas de chocolate?. Suplicó Mateo a Mía.
_Ok, te las traeré pero no salgan de aquí.
Mía fue al comedor, su familia ya se encontraba en la mesa.
_¿Porqué tardaste tanto para venir a comer?. Interrogó la mamá de Mía.
_Es que… andaba guardando unas cosas. Mamá, ¿crees en los duendes?.
_¿A qué se debe esa pregunta?. Los duendes no existen Mía, esos solamente aparecen en los cuentos.
_Mi madre creía en los duendes, siempre que se desaparecía algo decía que era porque los duendes ya se lo habían llevado; sobre todo cuando desaparecía la comida. Reía el padre mientras contaba la anécdota.
_Tu madre siempre fue muy imaginativa Lorenzo, no me extraña nada en que haya creído en los duendes.
El padre ignoró el comentario de su esposa y siguió platicando con su hija.
_Ella decía que los duendes tenían un libro mágico heredado por sus antepasados y por eso siempre estaban felices. La magia del libro consistía en que al abrirlo, todos los malos momentos desaparecían de tu mente y solamente quedaban los buenos recuerdos. Mi madre comentaba que muchos habían querido robar ese libro, por eso los duendecillos se tuvieron que ir a esconder a un lugar secreto en lo más profundo del bosque donde nadie los encontrara.
La madre interrumpió la conversación considerándola absurda mientras los hijos mayores reían. Mía no preguntó más, esperó a que todos se retiraran para poderles llevar comida a los duendes y le habló a su papá:
_Papá, ¿me acompañas a mi habitación?. Tengo una tarea a la que no le entiendo.
El padre amablemente acompañó a su hija.
Los duendes al escuchar que alguien se acercaba inmediatamente se escondieron, esperando que fuera su pequeña amiguita con la comida que les había prometido. Pero… al ver al extraño junto a ella, estaban un poco indecisos para dar la cara.
Mía trató de tranquilizarlos.
_No teman, él es mi padre. Salgan, sé que él nos puede ayudar para que regresen a su casa.
El padre no comprendía el comportamiento de su hija pero aun así permanecía a la expectativa.
Los duendes poco a poco salieron del escondite mirando fijamente al padre y a la niña.
Para lograr que se tranquilizaran, Mía les dio la comida y las galletas que les había prometido y estos las tomaron.
El papá de Mía no podía creer lo que estaba viendo. La niña le explicó la situación por la que estaban pasando y le suplicó que los ayudara a regresar a casa.
Tratando de recordar las historias de su madre, el padre de Mía iba razonando miles de ideas para ir al bosque y dejar a los duendes pero ninguna de ellas era la adecuada. Así que dijo:
_Llamaré a tu abuela pero entretén a tu madre, ella piensa que estamos locos por creer en los duendes. ¿No es así?, comentó en tono de complicidad con su hija.
_No te preocupes padre, ya veré como la distraigo.
El padre de Mía llamó a su madre y le explicó la situación. Ella había sido testigo de la existencia de los duendes, por eso creía en ellos. Y fue quien les dio la solución al problema:
_Lorenzo, ¿Recuerdas el libro mágico del que te hablé?. Este hará que los duendes regresen al bosque. Diles que cuando sea de noche, vean al cielo y fijen su mirada a donde se encuentren tres estrellas juntas y pidan con fe el que los regrese a casa. Ellos volverán.
_Gracias mamá, sabía que me podías ayudar.
El padre se despidió y corrió a la habitación de su hija en donde estaban Mateo y Luciano muy entretenidos viendo Bob Esponja.
Por su parte, Mía estuvo todo ese tiempo con su mamá contándole miles de chistes hasta que ella cayó en un profundo sueño. Ya segura de que su madre dormía fue a su habitación para encontrarse con su papá.
_Mía, ya tengo la solución. Le comentó alegremente su padre. Cuando sea de noche los duendes pedirán a las tres estrellas que aparecen juntas, que los regresen a su hogar. Y el libro mágico del que te hablé los recibirá en el bosque.
_Bien hecho papá, los duendes van a poder regresar a su casa.
Los duendes estaban entusiasmados, iban a poder regresar con su familia aunque a Luciano…
Luciano se había enamorado de la bailarina y quería llevársela pero como Mía había comentado que le encantaba verla por las noches mientras se dormía, él no se atrevía a pedírsela.
Llegada la noche, los duendes salieron presurosos al balcón acompañados de Mía y su padre. Buscaron las tres estrellas juntas y cuando estos iban a pedir el deseo Mía los detuvo:
_Esperen. La pequeña corrió hacia su buró y tomó la caja musical, después volvió a salir al balcón.
_¡Listo!, expresó Mía. _Quiero que se lleven esta caja musical para que se acuerden de mi. Medio triste añadió: _Ojalá nos volviéramos a ver.
Los duendes tomaron los dedos de la pequeña y los abrazaron en forma de agradecimiento, después voltearon con el padre y le dijeron:
_Gracias señor, jamás olvidaremos lo que hizo por nosotros.
El padre les dijo que era el momento, los duendes voltearon hacia las estrellas y pidieron su deseo. En un instante Luciano y Mateo llegaron a su casa del bosque expulsados por el libro mágico.
Como este estaba dentro del baúl, empezaron a tocar para que los otros duendecillos los escucharan y les permitieran salir.
Los duendes lentamente abrieron el baúl y vieron como estaban muy quitados de la pena Mateo y Luciano. Así que muy molesto Filomeno expresó:
_¿Creen que es divertido lo que hicieron?. ¡Vaya!, esconderse en el baúl mientras nosotros estábamos pensando lo peor. Creímos que se habían quedado en la ciudad. Y después de muchas horas salen como si nada, ¿del baúl?.
_Calma Filomeno, Mateo y yo si estuvimos en la ciudad pero gracias a los humanos y al libro mágico pudimos regresar. Prueba de ello es esta caja musical, me la dio una niña.
_¿Una niña?, ¿qué es eso?. Preguntó Filomeno.
_Una niña es a eso que llaman extraterrestres. Y quiero decirles que ellos no hacen experimentos con nosotros porque… ni siquiera creen en nuestra existencia a excepción de Mía, su padre y su abuela.
_Si, ellos saben del libro mágico y de todos sus secretos. Siéntense, les vamos a contar. Indicó Mateo mientras tomaba la caja de galletas para sentarse en su cómodo sofá.

 

 

 


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