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MEMO, EL DELFIN

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MEMO, EL DELFIN

Autor: Maru Buelna
Una gran característica que tienen los delfines es que son muy inteligentes y juguetones. Pero Memo era demasiado inquieto, a veces su mamá no sabía qué hacer con él para poder controlarlo, por eso prefería salir de cacería mientras su hijo se quedaba al cuidado de la abuela Cata.
Fue en una soleada tarde cuando Memo decidió estar más cerca de la playa; ahí vio a un niño en una silla de ruedas que contemplaba ansiosamente como iban y venían las olas.
A Memo, el delfín se le hacía muy extraño que no se levantara para mojarse como lo hacían los demás niños y eso empezó a intrigarle. Así que fue con su abuela Cata y le contó lo que había visto.
La abuela Cata lo regañó y le explicó los motivos por lo que era peligroso que estuviera tan cerca de los humanos:
_Memito, no quiero que vuelvas a acercarte, los humanos nos cazan para vendernos. Nos llevan a parques y nos maltratan. Prométeme que no me vas a desobedecer, prométemelo por favor.
_Está bien abu, te prometo no volver a acercarme a los humanos.
Esa noche mientras dormía, Memo el delfín tuvo un sueño, veía como al niño de la silla de ruedas lo levantaban unos señores y lo metían a una pequeña alberca. Después veía como este se agarraba de su aleta mientras él lo paseaba alrededor de ese estanque.
Cuando amaneció no pudo sacarse de su cabeza ese sueño que había tenido, así que desobedeció las órdenes de su abuela Cata y volvió a la playa para ver si volvía a ver al niño. Así estuvo una semana completa pero no tuvo ningún éxito.
A las semanas ese sucedo ya se le había olvidado y volvió a jugar como era su costumbre.
Una mañana de abril, un bote recorría el hermoso mar. En el iban un pescador, unos señores y un niño. Sí, era el pequeño niño que Memo, el delfín, había visto hace algunas semanas a la orilla de la playa. Cuando lo vio sintió reconocerlo.
El niño lo llevaban sentado con sus piernas estiradas y con sus manitas tocaba el agua mientras reía por la sensación que sentía al mecerse las olas, luego mojaba sus mejillas. Por un momento se ausentaba, su mirada se perdía entre sus pensamientos. Memo no dejaba de observar cada una de sus acciones pero sus padres por un momento se descuidaron y fue cuando…
El niño cayó al mar en un intento por levantarse. Los padres no sabían qué hacer, estaban en estado de shock mientras lloraban y gritaban de la desesperación. Pero Memo, el delfín actuó de inmediato recordando su sueño, nadó hacía donde estaba el niño, hizo que este agarrara su aleta y lo llevó lo antes posible a la orilla del mar.
Los adultos no podían creer lo que habían visto. Fueron con el bote hacia la orilla y corrieron a ver si su hijo se encontraba aún con vida.
El pequeño estaba recostado en la arena tal y como lo había dejado Memo. Sus padres lo abrazaron con fuerza mientras lo llenaban de besos al ver que seguía vivo.
Memo, el delfín contemplaba la escena. Se sentía orgulloso por lo que había hecho.
Cuando el niño pudo asimilar lo que le había sucedido, inmediatamente busco con su mirada al delfín, cuando logró localizarlo le sonrió. Memo entendió que esa era su forma de agradecerle el que lo haya salvado.
Memo regresó a su casa, muy contento por el suceso que había vivido. Jamás se imaginó que su abuela Cata y su mamá iban a estar esperándolo para regañarlo. Así que en cuento se encontró con ellas todo su semblante cambió al verlas tan enojadas:
_Muy bonito, ¿qué horas son estas de llegar a casa?. ¿No ves que nos tenías con pendiente?. Eres muy desobediente, eres un delfín muy malo; no te importa tenernos tan preocupadas. Gritaba la madre con toda la furia que le salía del cuerpo.
La abuelita aunque también estaba molesta trataba de calmar a la madre:
_Tranquilízate Gertrudis, lo bueno es que Memito ya está de vuelta en casa. Tal vez tenga un buen motivo por haber llegado hasta estas horas.
_No madre, no tiene ningún motivo. Siempre está jugando, haciendo travesuras. Es un delfín desconsiderado, no le importamos.
_No lo creo Gertrudis, lo que pasa es que no le tienes paciencia. Memo es un delfín muy noble; juguetón y travieso como los delfines de su edad, es normal lo que hace.
_Madre, no es normal. He visto como los demás delfines saben comportarse y este…
Memo, el delfín no pudo quedarse a escuchar a su madre, le dolían sus palabras. Jamás se imaginó que ella pensara eso de él, así que nado y nado sin rumbo fijo esperando perderse para que su madre fuera feliz.
Cuando la abuela y Gertrudis se dieron cuenta, Memo ya no estaba. Pensaron que volvería en cuanto se le pasara el berrinche pero no fue así fue cuando empezaron a preocuparse.
_Tú tienes la culpa Gertrudis, si trataras a tu hijo con más cariño él no se hubiera ido. No te diste cuenta que con tus comentarios lo lastimaste, Memo es un delfincito muy sensible.
La mamá salió a buscarlo desesperada, amaba a su hijo pero no sabía cómo demostrarle su amor, estaba arrepentida por todo lo que había dicho y por no haberle tenido paciencia.
A la semana de búsqueda se encontró con una ballena y le preguntó:
_Disculpa, ¿no ha visto a un pequeño delfín por estos rumbos?.
_Hola señora, me llamo Filomena. De casualidad… ¿busca a Memito?.
_Sí, busco a Memo, es mi hijo. Como verá, el escapó y no lo encuentro.
_¿Escapó?, pero… ¿porqué?.
La ballena sabía muy bien como era el pequeño ya que platicaba largas horas con él; también sabía cómo era su madre y su abuela. Y fue testigo de cómo Memo había salvado a aquel niño que no podía nadar.
_Este… es que tuvimos una pequeña discusión. Comentó Gertrudis muy arrepentida.
_¡Discusión!, creo que fue muy fuerte. ¿Me equivoco?.
_No, no se equivoca. La verdad, perdí la paciencia.
La mamá de Memito no encontraba como esconder su grave error.
_ ¿Sabe que el día que Memo llegó tarde fue porque salvó a un niño de no morir ahogado?. Se portó como todo un héroe, nunca lo había visto tan feliz. Pero… esa felicidad terminó en cuanto llego a su casa.
La mamá de Memo, el Delfín al escuchar esto se sentía todavía más culpable de su conducta. Después preguntó:
-¿Y cómo sabe todo esto?.
_Memito me ha platicado como es su relación con él, dice que siente que no lo quiere. Y yo fui testigo de cómo salvó al niño.
_¿Sabe dónde está mi hijo?. Dígamelo por favor. Rogó la madre a la ballena Filomena.
_Bien, le diré donde está su hijo con la promesa de que ya no lo hará sufrir.
_Se lo prometo, de ahora en adelante seré diferente.
_Él está en la bahía, con los humanos. Informó Filomena.
_¿Humanos?, mi hijo está en peligro. ¿Y me lo dice así tan tranquila?.
Gertrudis nado con todas sus fuerzas para llegar pronto a la bahía y rescatar a su hijo pero cuando vio lo que sucedía quedó totalmente sorprendida.
Habían algunos niños que no eran como los demás, algunos no podían caminar… estos se sujetaban a los delfines mientras ellos los paseaban. Veía los rostros de felicidad de aquellos humanos y la satisfacción plena de los delfines, entre ellos la de su hijo.
Gertrudis nado lentamente hacía donde estaba Memo. Intercambiaron miradas cuando se encontraron cerca, muy despacio se acercó hacía un humano pues sentía temor ante ese primer contacto. Este la acarició con cariño mientras le daba de comer un pequeño pescado.
_¡Comida gratis!. Hijo, aquí nos quedamos.
Desde ese momento madre e hijo ayudaron en terapias para niños con discapacidad viviendo sus mejores días ayudando a los demás.

 

 

 

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