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Otra vez en misa. Autor: Maru Buelna

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La angustia recorría mi cuerpo, la voz se ocultaba dentro de mi alma. No se cuanto tiempo tiene que no me paro en misa, pero en esta ocasión lo tenia que hacer para ver a la princesa en su decisión de ser acolito. Se veía preciosa, con sus dos medias colas y su traje rojo con blanco… nadie podría imaginar que siendo tan traviesa estuviera al frente del templo, ayudándole al padre como si fuera un ángel.

 

Claro que no me sentía tan nerviosa porque dudaba de ella, sino porque tenia que leer al frente casi por obligación. ¿Nerviosa? Muchos se preguntarían porque después de ser locutora por varios años, conducir eventos en vivo, ser maestra de ceremonias y docente… nadie se podría imaginar a esta mujer con un sentimiento de nervios.

 

Podría expresar que mi miedo, mi temblor de cuerpo, mis manos sudorosas y el quiebre de mi voz no era precisamente por el hecho de tener que leer, sino de estar cerca de Dios y no sentirme tan digna de el.

 

Aun no le puedo mirar a los ojos, porque a pesar de que rezo y platico con el, me he desligado un poco de su presencia por estar haciendo otras cosas, quizás no tan dignas para el y por no sentirme arrepentida.

 

Es como cuando un hijo sabe que hace algo mal y duda en acercarse a su padre cuando este le da un obsequio, un te quiero o un abrazo. Remuerde la conciencia y el sentimiento de culpa aparece con un ganas de llorar.

 

Eso fue lo que paso ese día, por eso el nudo en mi garganta, mi voz casi en llanto tratando de ocultar mi sentimiento ante los feligreses que dirían: ¿Y a esa loca que le pasa?, si solo va a leer y se suelta a llorar como niña asustada.

 

No, a la princesa no le podría dar ese ejemplo, ella estaba siendo más valiente que yo al hacer perfectamente su trabajo. Estaba en esta ocasión por encima de mí, porque si se sentía nerviosa lo estaba ocultando perfectamente. Y yo, no lo pude dominar…

 

Otra vez en misa, ¡quien lo diría!, y no es porque dude de Dios, sino porque la calma que me profesa no es digna de mi alma pecadora y mi mirada no se puede fijar ante su rostro.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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