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LA PRIMERA CITA: MARU BUELNA

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Estabas ahí parado, frente a mi… tu presencia me imponía, llegue a pensar que eras quien en esos momentos dirigía la empresa. No teníamos contacto aún, sólo había dos miradas que se cruzaban en el pasillo. Conocías algo de mi trabajo, sabías algo de mí por esa página Web y yo… nada de ti.

Y llegó el momento de estar más cerca, ¡qué horror!, descubrí que eras al que pintaban como el perverso de la película. Empezaste a hablar explicando la primera actividad de la clase, permanecía callada, sólo observando cada uno de tus movimientos, de tu mirada, tratando de descifrar que había más allá de tu voz. ¡Quería descubrirte! Más no amarte…

¿Amar? En esos momentos esa palabra ya no estaba en mis objetivos, la frialdad se había apoderado de mí:   no lloraba, no sentía, no me estremecía, había dejado que mi corazón cerrara todo tipo de sensaciones. Así que no te amaba, ni me gustabas, ni nada. Sólo pensaba que eras un pervertido en busca de mujeres por una fotografía que tenías en internet.

Probablemente mi lejanía hacia ti o mis ganas de aprender o el que fuera tan dedicada a lo que tanto amas hizo que tuvieras interés en conocerme. Así empezaste a buscarme, y yo a sacarte la vuelta. Sólo escribía y escribía lo que percibía en ti: enfocándome en tu esencia, en aquello que los demás no podían ver. Eso te intrigaba, nadie se había fijado en tu interior; sólo en esa apariencia de “hombre de mundo” que proyectabas a los demás.

Tenías una idea muy diferente a lo que yo era, porque según mi signo debería de haber tenido algunas características que me creaste. Por eso te reté a conocerme, a que vieras en realidad quien era esa mujer pero… “superficialmente”, no deseaba que la vieras más allá de su alma.

En esa primera cita trataste de hacerme llorar tocando temas que me lastimaban y logré controlar el llanto, no te permitía descubrirme. Y hablamos de fidelidad o… ¿fue de infidelidad?.

Aún recuerdo el lugar, había mucha gente alrededor porque el espacio era abierto. Ese día me tomé un té y tú un café... ni siquiera me lo terminé. No soy muy buena en recordar cómo van vestidas las personas, así que ese detalle de ti pasa por el momento desapercibido. Lo que sí recuerdo es mi saco blanco con holanes, porque cuando nos dirigimos al estacionamiento, te acercaste a mí, se asusté al no saber cual era tu intención. Pero sentí un tremendo escalofrío que recorrió mi cuerpo. Eres perfecto en el arte de la seducción, ese día lo comprobé porque solamente acomodaste el cuello de mi saco porque decías que te desesperaban los holanes.

Después  nos subimos a tu auto porque me ibas a ir a dejar, recuerdo que preguntaste ¿nos volveremos a ver? Acepto que  di muchas excusas y luego sonreí diciéndote: sí, si nos volveremos a ver.

 

 

 

 

 

 

 

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